Por Enrique Lozano.

México es un país paradigmático de la institucionalización: la «patria mexicana» se ha forjado de las luchas de liberación de mujeres y hombres surgidos del pueblo oprimido y explotado. Lo mismo la “plebe” que siguió a Hidalgo y a Morelos en la guerra de independencia, la “chinaca” que junto a Juárez resistió y expulsó al ejército invasor, así como la “bola” que combatió en el Ejército del Sur con Zapata o en la División del Norte con Villa durante la revolución mexicana, fueron pueblo “de abajo” (“¿Quién nos dio la independencia? ¿Quién nos dio la revolución? ¿Quién expulsó a los extranjeros? Fue el pueblo en armas, no el Ejército”, son ellos quienes han protagonizado los movimientos armados que formaron el México actual, dice el general en retiro José F. Gallardo).Sin embargo, las fuerzas revolucionarias de estos movimientos instituyentes, cuyas demandas son primeramente sociales, terminan al servicio del Poder, cada que estas luchas son encarriladas en las estructuras de la política instituida.
Las tres “transformaciones” de México.
La “independencia” de México se consumó en 1821, cuando el movimiento insurgente, agotado y debilitado, “pacta” con Iturbide (un militar sanguinario que peleaba contra los rebeldes), comisionado para apaciguar al país (sus “tres garantías” eran, asegurar la “religión católica”, conceder la “Independencia” y lograr la “Unión”, en otras palabras, desarmar a los guerrilleros que aún sobrevivían).
Con su triunfo y embriagado por la voluntad de poder, el “libertador” Iturbide se proclama él mismo emperador de México. Pero viejos insurgentes se levantan en armas y en 1823 el fallido emperador huye a Europa. La joven nación queda dividida y enfrascada en pugnas internas (robo de tierras, cacicazgos y luchas por el poder locales). Lo cual deja el campo puesto para la invasión norteamericana de 1846-47, donde se pierde parte del territorio (sin el apoyo de los gobiernos de los estados, que no consideraban como suya esta guerra del gobierno central). Y donde Santa Ana “chaquetea” –cambia de chaqueta- ahora con los liberales, ahora con los conservadores, sirviendo a ambos bandos.
Benito Juárez (que llega a la presidencia no por elección popular, sino después de que Ignacio Comonfort dimite –en un “autogolpe de estado”- y él, como ministro de justicia, ocupa el cargo), recibe una nación pobre, fragmentada y en guerra. Pero convertido en héroe en 1867, por fusilar a Maximiliano y expulsar al ejército imperialista francés (en ése tiempo el más poderoso del mundo), así como por sus Leyes de Reforma (que le confiscan algunas riquezas al opulento clero), adquiere tal popularidad, que se cree el único capaz de conducir a la devastada nación, así que se reelige como mandatario (ante el disgusto de algunos, que también se batieron contra los invasores y reclamaban el poder, entre estos, el general Porfirio Díaz).
Díaz, tras varios intentos fallidos y aprovechando la prematura muerte de Juárez, toma militarmente el poder, dando inicio a la “paz” de una dictadura brutal que duraría 35 años. El México bárbaro del “Porfiriato” no puede seguir ocultándose ni justificándose bajo la consigna del “progreso” y es firmemente cuestionado a través de la palabra viva, la letra escrita y la lucha armada. La revuelta popular logra derrotar, otra vez, al dictador (que huye a Francia).

Pero con el homicidio de Madero y el “golpe de Estado” de Victoriano Huerta, con el gobierno constitucionalista del militar-hacendado Venustiano Carranza (también acribillado), y sobre todo con los asesinatos de Magón, de Zapata y de Villa, las demandas revolucionarias se falsifican. Centralizadas y controladas las organizaciones sindicales, urbanas y campesinas, las fuerzas revolucionarias son utilizadas en la formación de un nuevo aparato político (PNR, PRM, luego PRI). Este “aparato” sería el mediador (mediatizador) entre el movimiento social revolucionario y el Estado mexicano.
Genealogía de la democratización.
Hay quienes opinan que hemos llegado a una “madures” democrática (competencia igualitaria en la elección, buen porcentaje de votantes, conteo confiable y alternancia). Pero los eternos fraudes en México (que se volvieron parte de su normalidad política), la opulencia y el cinismo de los políticos, la cooptación o exterminio de toda oposición, el hastío popular, el abstencionismo…, configuraron una “democracia” muy a la mexicana (una “democracia bárbara” la llamó José Revueltas).
El movimiento estudiantil-popular de 1968 (con sus antecedentes inmediatos en el movimiento médico y en la huelga ferrocarrilera de una década anterior, con presos políticos como Demetrio Vallejo y Valentín Campa), aun cuando fue casi aniquilado en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, es hoy referente de una primera manifestación popular-masiva contra la dictadura del Partido-de-Estado.
El terrorismo de Estado de los años 70´s, llamado también “guerra sucia”, persiguió y asesinó a militantes guerrilleros (que optaron por esta forma de lucha ante la cerrazón de la vía “democrática”), así como a muchos activistas sociales “sospechosos” de serlo. En 1988, la izquierda “unificada” en el Frente Democrático Nacional, lanza a Cuauhtémoc Cárdenas (ex miembro de la ’corriente democrática’ del PRI), como su candidato presidencial, después de que Heberto Castillo (del PMT y líder de la izquierda social), declinara a su favor.

Los sueños por instaurar un “gobierno de izquierda” se esfumaron pronto. Desde la “dictadura perfecta” se fabricó uno de los más cínicos fraudes electorales (porque vendrían más), que impuso en el trono a Salinas de Gortari. En 1994, cuando parecía que Salinas terminaría su sexenio como nuevo héroe de México (pues introducía al país al “primer mundo”), la insurrección armada del EZLN visibilizó, de forma impactante, la existencia de dos “Méxicos”.
Desde hace 30 años al menos (50 si empezamos con el 68), ha estado presente en México la “esperanza” por un cambio “democrático” (por medio de las urnas). Pero al fraude del 88 le siguió el “voto del miedo” del 94, luego la falsa “alternancia” del 2000 con el PAN (un reajuste del sistema político decadente), que logra prolongarse un sexenio más “haiga sido como haiga sido” (es decir, con otro fraude). En el 2012 el PRI contraataca, reconquistando el poder ejecutivo a través de un fuerte operativo mediático (toda una telenovela), imponiendo con esta ofensiva a uno de los gobiernos más violentos, cínicos e ignorantes de la historia de México.

Institucionalización de la revolución y autogestión social.
Si se habla de “revolución democrática” es porque existía (existe) una “dictadura política” (que protege a la económica). Y porque el 1 de julio del 2018 sucedió un fenómeno inédito en el país. 30 millones de “ciudadanos” votaron por un “cambio” de régimen (más de 50 millones de votantes en total, algo que no había sucedido en la historia electoral de México y menos en los últimos 30 años). Aunque hay quienes aclaran que muchos votaron “en contra” de lo mismo y no precisamente “a favor” de AMLO.
Lo cierto es que el pueblo trabajador, harto de su miserable situación económica, social y política, salió a votar con la esperanza de una verdadera transformación (aunque fuera la primera). Y es que, la anhelada “democracia” llegó a un país envuelto en la pobreza (y la riqueza) extremas, roto el tejido social, invadido por la violencia criminal y el terrorismo de Estado.
¿Hasta dónde un gobierno “Popular” (de “centro-izquierda”, “socialdemócrata”, “moral”), puede regular al capitalismo y a la guerra? Podrá no ser corrupto y reducir los ingresos de sus altos funcionarios. Y podrá lograr incluso, que las empresas paguen “salarios justos” a sus empleados (sin menguar las ganancias de estas, por supuesto).

No hay un cuestionamiento al capitalismo como sistema, menos al Estado, que precisamente se alimenta de estas reformas y retoques, suavizando sus contradicciones más críticas, evitando así, un cambio sistémico… una revolución social. La historia política de México está llena de despotismos y traiciones (si, también han existido personas honestas y desinteresadas, pero son a las que han asesinado, traicionado y distorsionado) que al pueblo de México, casi acostumbrado a soportar su situación y a tolerar los privilegios y abusos de la clase política-empresarial, le pueden parecer ‘‘revolucionarias’’ algunas de las acciones del nuevo gobierno (como eliminar pensiones a los expresidentes, realizar consultas ciudadanas o abrir al público la residencia de Los Pinos).
Igualmente, líderes sindicales y empresariales del ‘’viejo régimen’’ (que han ‘’pactado’’ con el nuevo gobierno), consideran que ‘’se avanzara más en poco tiempo, que en todas las ultimas décadas’’.Se inicia así, un cuarto proceso de institucionalización.
La rabia acumulada en estas décadas, las utopías por una sociedad justa y libre, se contienen, se les llama a ‘’serenarse’’, a que se hagan ‘’realistas’’ (igual se les pide ‘’calma’’ y ‘’confianza’’ a los inversionistas, prometiéndoles que en esta revolución no habrá ‘’excesos’’, asegurándoles sus ganancias). Pero los megaproyectos capitalistas (protegidos por los gobiernos posrevolucionarios, neoliberales y ahora, de izquierda), no solo devastan los ecosistemas, sino que invaden y destruyen las formas de vida de las comunidades.

Por más que se argumente que significan ‘‘progreso’’ y empleo para la población local, lo cierto es que quienes obtienen lucrativas ganancias son siempre los mismos (los capitalistas que invierten en estas obras), los demás, somos solo empleados a su servicio. Lo mismo hay que decir sobre la ‘‘solución’’ que el Estado (de ‘’izquierda’’) ofrece a la situación de violencia extrema que vivimos (la misma que han impuesto los gobiernos de ‘’derecha’’): la militarización del país (50 mil soldados más). El Estado monopoliza la violencia. Y menosprecia la autodefensa comunitaria, ya que las comunidades mismas son criminalizadas (sobre todo las de ‘’alto riesgo’’).
La revolución se institucionaliza cuando las formas sociales revolucionarias se vuelven “equivalentes” a las formas garantizadas jurídica y políticamente por el Estado. “El momento de la institucionalización indica una fase activa de estabilización, que niega al mismo tiempo, la actividad del instituyente como negación de lo instituido y el inmovilismo de lo instituido.
Políticamente la institucionalización es el contenido del reformismo, opuesto tanto al revolucionarismo de lo instituyente como al conservadurismo de lo instituido. Contra las fuerzas instituyentes, el reformismo piensa que hay que encontrar a cualquier precio formas estables. Contra lo instituido piensa que la estabilidad se nutre de préstamos, de recuperaciones del movimiento instituyente, de retoques, de modernización de las formas utilizadas” (René Lourau, El Estado y el inconsciente).
Mientras la institucionalización activa el “principio de equivalencia” para que todas las formas sociales (aun las revolucionarias), encuentren su “medida común” en la “forma” estatal (y en la institución de la “ley del valor”), la autogestión social construye “contra-instituciones”; la colectivización de los recursos y bienes comunes, de las decisiones, de las tareas, la liberación y socialización de la palabra y el análisis colectivo de estas acciones.
Al mismo tiempo, en estas décadas de brutalidad y cinismo político, han germinado (a veces muy en lo subterráneo), rebeldías y resistencias populares y libertarias, y se han multiplicado las críticas y las alternativas a todas las formas políticas instituidas.
En muchas comunidades y pueblos de diferentes estados de la republica (Chiapas, Michoacán, Oaxaca, Guerrero…), invadidos por la violencia, las extorciones y homicidios, se han formado grupos de “auto-defensa”, contra grupos criminales y contra los abusos directos de la misma policía y ejército mexicanos. La auto-organización abarca en muchos casos, aspectos no solo “militares”, sino sobretodo políticos y sociales.
Una revolución social (más allá de una ‘’revolución democrática’’), seria ver a esos 30 millones que anhelan el cambio, tomando las calles, ocupando las plazas públicas y las fábricas, las escuelas, los hospitales y los cuarteles militares, para socializar y tomar en nuestras manos, los espacios comunes, la educación, la salud, nuestra seguridad y nuestra propia vida.