Por Vica Rule
La historia siempre es un escenario de sorpresas y el actual surguimiento de las huelgas obreras en el norte del país es muestra de ello. El tema poco a poco se ha ido liberando de veto inicial en los grandes medios de comunicación. Frente al silencio y escepticismo de tirios y troyanos, de sectores oficiales e, incluso, de segmentos de las izquierdas sociales. Para la mayoría de mexicanos ha sido una irrupción inesperada. Empero, pese a la fuerza del movimiento y la legitimidad de sus demandas laborales solo algunos colectivos y movimientos afines rápidamente han mostrado un apoyo autentico a los huelguistas.
La sorpresa para los sujetos políticos y medios oficiales de comunicación se explica porque centralizan su atención en el análisis y los diagnósticos en torno de la macro política: el balance del nuevo régimen, las oposiciones a los megaproyectos, el nuevo presupuesto, las tácticas sobre el huachicol, el extravío de los comentaristas oficiales sobre Venezuela, los nuevos casos de corrupción, la teatralidad de las mañaneras.
No hay tiempo para la observación de los movimientos sociales, no hay tiempo para la reflexión de los reclamos ciudadanos tomando en cuenta el marco histórico, el espacio complejo de la geo política. La prisa y la inmediatez es la estupidez política de nuestro tiempo mexicano.

Tanto derechas e izquierdas no tienen tiempo para pensar en los indignados de carne y hueso; en las voces inconformes que gritan justicia. No hay pausa posible para detenerse a reflexionar sobre los malestares sociales y las nuevas configuraciones sociales. No hay tiempo para escuchar nuestra voz individual o colectiva: para escuchar el latido del corazón, lo esencial es invisible a nuestros ojos.
En lo anterior hay una paradoja porque muchos movimientos sociales, se ubican en la resistencia contra los ataques del proyecto neo liberal en México pero no pueden pasar de las luchas defensivas a las luchas ofensivas, de la minoría gregaria a las mayorías incluyentes, de la crítica anticapitalista a la construcción de referentes alternativos. En ese pragmatismo coyuntural soslayan a estos movimientos como coyunturales y evanescentes.
Sin embargo, hay un aprendizaje en todo ello, radica en que las demandas insatisfechas como las laborales en Matamoros no tienen el tiempo, ni dependen de los colectivos ni resistencias anticapitalistas organizadas, son autónomas y responden a los procesos sociales en su propio tiempo y espacio. En ello hay pros y contras, ventajas y desventajas.
Un aprendizaje mayor tiene que ver con la loza de pesimismo que hay en los activistas y militantes de los bloques de las izquierdas sociales en México. Un pesimismo que proviene más del corazón que de la inteligencia, de una subjetividad herida que de la posibilidad o imposibilidad de la esperanza. Las huelgas de Matamoros y el resurgimiento de la lucha feminista también pueden verse como intersticios y posibilidades para ampliar el camino del avance social a favor de principios laborales. Como un proceso abierto a derrotas pero también a triunfos políticos. Sí los obreros salen a las calles se fortalecen los derechos sociales; si las mujeres se manifiestan la clase política se vuelve obsoleta.
La marcha feminista del pasado 2 de febrero en la ciudad de México fue una sorpresa agradable por la capacidad de auto convocatoria que mostro, evidencio el divorcio entre el discurso de los políticos y las voces ciudadanas inconformes e indignadas. Una vox populi que se propaga como rumor en las marchas de mujeres: la construcción de un tímido y lento sentido común; nos están matando y la única defensa posible es la organización colectiva, la autodefensa ciudadana, la voluntad popular porque a los políticos ya no les duele las víctimas, no nos miran, ni escuchan.

Ambos movimientos son políticamente saludables porque son una bocanada de aire fresco en la vida pública nacional, nos regresan la esperanza en el futuro, la fe en lo imprevisible, porque en un escenario político actual donde las piezas del nuevo poder hegemónico ya están determinadas y los bloques opositores se reconfiguran o desaparecen. Estos movimientos populares y expresiones organizativas de la sociedad civil son los protagonistas que no han sido invitados a historia nacional: las víctimas y sus acompañantes que hoy salen a las calles a gritar justicia son las voces del México real que muestran la ficción de un México inventado por la clase política y los oligopolios mediáticos. Por eso en nuestro país, hoy ser utópicos es ser realistas

